Un día de perros (¿lo pilláis?)

Hoy he pensado que os podría contar un poco cómo es mi vida personal. 

Tengo una vida de las que se llaman rutinarias. Mi marido se levanta sobre las 6:30, yo, sobre las 7:00 y nos vamos a trabajar, aunque Nico suele salir de casa sobre las 7:10…Por mi parte, empiezo el trabajo a las 9:00.

Durante 10 meses del año, trabajo de 9 a 19:00 y los meses de julio y agosto, pues acabo a las 15 horas.

Y este horario veraniego es la razón de mi historia de hoy… Os cuento: normalmente, es mi marido quien llega a casa primero, pero estos días de verano, soy yo la primera en llegar debido a mi “salida-estampida-a-toda-pastilla” del trabajo. Es qué, ¿qué queréis que os diga?! Esto de acabar a las 3, ¡mola un montón! 

El caso es que, al llegar a mi calle, ya oigo a mis fieras ladrar como locas pues ya me han olido u oído o qué-sé-yo… Y, cuando abro la puerta de casa, ellos también salen en manada-estampida- para asegurarse el primer puesto en mi regazo.

Abajo, en la salita, están Ficelle (o mejor dicho: la Morcillita), Chaussette, Boomer, Plume, Marcel y Dollie ; y arriba, Lluna, Maya y Séneca duermen en nuestra habitación (y no hablo de los gatos Luci y Don Pinpón, que se quedan en la otra habitación, hasta que los 33 bichos de cola larga hayan dejado el campo libre).

Total, mientras escribo esto, sigo en estado de “pasmación total” (sí, sí,  lo sé, no existe la palabra “pasmación” pero a veces invento palabras que describen con claridad mi estado, y de todos modos, a lo mejor soy una precursora, voy haciendo neologismos…). Por qué hoy, cuando llegué y abrí la puerta, no hubo ni estampida, ni ladridos (felices) ni saltos de alegría, ni nada…¡NADA!

Ante esta inusitada situación, quitando el hecho de haberme quedado sin habla, mi reacción, ahora que lo cuento, quizá haya sido un poquito rara…

Tendríais que haberme visto, mirando por todo, buscando huellas ensangrentadas (en el caso de que una pelea fuera la razón de tal recibimiento), quedándome más anonada si fuera posible al comprobar que ni siquiera rompieron la bolsa de basura que me olvidé sacar al irme… 

Y ahora, tal y como os decía, no se me pasa el asombro al verlos todos tumbaditos entre sol y sombra, sin escuchar nada más que las cigarras del campo que linda mi casita…

No tengo ni idea de lo que les ha podido pasar… ¿Qué habrá sucedido hoy para que estén tan tranquilos??

No les puse “diazepam” en la comida, no eché ninguna bronca antes de irme y, por lo visto, no hubo pelea…

Por lo tanto, estoy barajando varias opciones para explicar semejante (y repentino) calma… 

¿Las flores de Bach que pongo en el agua para Marcel (raterito neurótico), y las otras flores de Bach que echo en el agua para Séneca (Viejo peleón, en la habitación) habrán calmado a la jauría??? 

La segunda opción que se me ocurre me parece más que descabellada, pero da igual, yo, a lo mío, lo plasmo por escrito: al cerrar la puerta de casa con llave esta mañana, mi última mirada fue (igual que siempre) para mis perros acurrucados en el sofá…. Hasta que mis ojos se toparon con una enOOOOOrme cucaracha con complejo de camaleón que trataba (sin éxito debido a mi aguda mirada) de confundirse con una de las vigas del techo.

Oigan, esto es una cosa que no puedo explicar… Tengo fobia a las arañas, y salgo chillando como una loca en cuanto veo a una cucaracha (no os contaré el episodio “2 cucarachas y una humana en la ducha”, por la vergüenza que siento cuando pienso que salí disparada del cuarto de baño para “aterrizar” en pelotas en medio de mi salón… menos mal que no teníamos ningún invitado en aquel momento).

De verdad que no lo entiendo, debe de ser un miedo de éstos primitivos porque estos bichos son los únicos que consiguen subirme las pulsaciones cardiácas a 300 (vale, es un decir…). 

A lo que iba… Como no tenía tiempo (ni ganas) de volver a entrar, de coger la zapatilla de mi marido (una talla 44 basta y sobra para aplastar a cualquier indeseado bicho), pues me fui con el corazón en un puño (si es que soy tonta de remate) por culpa de la dichosa cucaracha. 

¿Puede ser que la jauría haya notado mi angustia de volver a toparme con el maldito bicho nada más llegar a casa y por ello se hayan quedado en silencio? 

Mmmmm, no sé… ¿Qué creéis?

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