Navidad, Navidad, dulce Navidad…

Nunca os conté cuánto me gusta la Navidad. Desde pequeña… No sé por qué será, pero hasta hace poco, había en el aire un olor distinto, un perfume a bondad y fraternidad, cómo un vuelo de amor o ternura en mi mundo… 

Cuando era pequeña, supongo que me hacía ilusión ir a casa de mi tía por estas fiestas, me daba la sensación de pertenecer a una familia normal… Mis tías vivían a unos 50 kms de donde vivíamos mis padres y yo… Sólo nos veíamos 2 veces al año, en Pascuas y en Nochebuena… Mi padre no quería ir, siempre era una lucha para poder pasar Nochebuena en familia….Nunca entendí el porqué de tal negativa… Pero en fin, a veces venía a buscarnos mi tío o mi primo, y poníamos rumbo a Saint Laurent du Pont o a Voiron, pues mis tíos se turnaban en la organización de las cenas y comidas de Nochebuena y Navidad. 

Cuando digo que me daba la sensación de pertenecer a una familia normal, me refiero a estas familias en la que los críos crecen alejados de las preocupaciones económicas de sus padres, pues ellos les mantienen a salvo de los quebraderos de cabeza financieros… Ya me entendéis, hablo de estas familias en que los adultos gestionan los problemas, y que tú, cómo niño que eres, mantienes una vida de crío, aunque te vayan inculcando el valor de las cosas. 

Mi hogar era distinto… Se escuchaban gritos muy a menudo, no había dinero, y mi padre vivía como si hubiese sido soltero. Hacía su vida, sus sábados con amigos, sus trabajillos para tener algún dinero que gastar, y yo, pues me convertí en el único apoyo de mi madre. Empecé muy joven a mirar los papeles administrativos, a tomar decisiones, y a gestionar mi propia escolaridad… 

La verdad, tenía envidia (sana, eh) de mis amig@s que tenían la suerte de tener unos hogares donde los padres, aunque estuviesen separados, se ocupaban de todo. Mis amig@s solo tenían que preocuparse por sacar buenas notas en el cole. 

Yo estudiaba sola, y del mismo modo hice mi vida de adolescente. Cómo a mi me daba la gana. Siempre estuve muy unida a mi madre, y mirándolo retrospectivamente, nunca fui una niña o adolescente problemática. Tenía muy claro lo que estaba bien y lo que no… 

Sin embargo, el rollo ese de tener una familia unida y “feliz” siempre me moló mogollón!!! 

En fin, estoy desvariando… Os estoy contando mi vida cuando lo que pretendía hacer era hablaros de las Navidades…Y de ese perfume de amor que, hasta hace pocos años, olía cuando se acercaban las Fiestas… 

No sé si seré yo quien, con la edad, está perdiendo su lado “niña” lo cual me impide oler este perfume de amor que tanto me gustaba….Pero desde algún tiempo, voy pensando en el tema, y creo que no soy la única que se está olvidando de la magia que rodeaba estas fiestas… 

Mi sueño, cuando era niña, era poder montar el árbol y el Belén junto con mis padres, ya sabéis, del modo en que lo hacen los americanos en las pelis navideñas… Nunca fue así…

Ahora, desde que Nico y yo estamos juntos, es un ritual montar el árbol escuchando villancicos (exigencia mía, que conste) rodeados de nuestros bichos… Me aporta una sensación de felicidad que no puedo describir. 

No obstante, tengo much@s amig@s que odian la Navidad… Tod@s tienen sus razones… Quién por qué perdió un ser querido por estas fechas, quién por qué le recordará unos traumas de su infancia… No lo sé… 

El caso es que a mí, me gusta la navidad, y me encanta montar un árbol con millones de luces y un montón de colores… No soy de las que hacen árboles con una temática de colores. Es que, sencillamente, eso no me va. 

El árbol ha de ser una explosión de colores, una fiesta para los ojos, y me encargo en persona de (sobre) cargarlo de ornamentos varios … Incluso a veces, Nico considera que me paso un poco, pero ¡da igual! 

Y ahora viene la moraleja de mi historia navideña… 

¿Por qué no dejar de lado, por un momento, rencores y malos rollos, porque no pararnos a pensar que lo que nos molestó quizá no era tan importante, por qué no intentar arreglar las relaciones que hemos dañado, por qué no unirnos un poco, con todo nuestro buen corazón, por qué no reflexionar un poco sobre nuestros errores en lugar de focalizarse en los de los demás??? 

Navidad es el momento idóneo para “limar asperezas”, para disculparse si uno tiene que hacerlo, o para aceptar disculpas si se nos ha ofendido…

Amig@s, el tiempo que pasa nunca se puede recuperar…. 

Tod@s tenemos nuestras circunstancias personales, tod@s hemos vivido cosas que nos han convertido en lo que somos… Tod@s hemos herido a alguien en algún momento, y tod@s lo estuvimos igualmente… 

Amig@s que leáis esto, por favor, pensad un poco en qué ha sido la vida de quien os ofendió este año, pongámonos los unos en la piel de los otros, e intentemos perdonarnos lo que nos tenemos que perdonar…

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